viernes, 5 de agosto de 2011

“Baudelaire y sus flores” Las tinieblas ciegan, confunden con su negra luz, a todos los que pretenden indagar en los profundos abismos donde la vida oculta sus misterios. Tristeza y locura se confunden y persiguen como una maldición a estos arqueólogos, que arañan con sus picos el anverso sutil de la materia. Baudelaire, los arrastra a su pozo de angustias y les hiere las entrañas con sus versos garfios; naturalezas muertas , todas, en los soles de antaño. Yo voy y vengo por esta irrealidad de desafíos, donde el cuerpo se muere a cada instante, entre una muchedumbre de esqueletos sin nombre y sin espacio. Por todo el orbe, Dédalo construye laberintos de metal y cemento, donde habitan Escilas y Caribdis, y mugen sin cesar los Minotauros. Aquí, Centauros pisotean las mieses, sin que nadie recoja las semillas. Minos, llora el engaño de la bestia, mientras Ariadna, pesca peces de azul en las aguas mezcladas con mercurio. También, en este plano de negruras amorfas y cárdenos perfiles, hay algún prado donde crece la hierba y todavía trinan ruiseñores. Pero yo, no tengo la certeza de quién soy; Ángel o Demonio. Diluido en esta pestilencia de las miasmas humanas, no atino a comprender; quizá podría ser un cuenco de amargura, o espectro con pezuñas y sandalias, o un sapo desollado, sobre el pútro y nauseabundo “Baudelaire y sus flores” Las tinieblas ciegan, confunden con su negra luz, a todos los que pretenden indagar en los profundos abismos donde la vida oculta sus misterios. Tristeza y locura se confunden y persiguen como una maldición a estos arqueólogos, que arañan con sus picos el anverso sutil de la materia. Baudelaire, los arrastra a su pozo de angustias y les hiere las entrañas con sus versos garfios; naturalezas muertas , todas, en los soles de antaño. Yo voy y vengo por esta irrealidad de desafíos, donde el cuerpo se muere a cada instante, entre una muchedumbre de esqueletos sin nombre y sin espacio. Por todo el orbe, Dédalo construye laberintos de metal y cemento, donde habitan Escilas y Caribdis, y mugen sin cesar los Minotauros. Aquí, Centauros pisotean las mieses, sin que nadie recoja las semillas. Minos, llora el engaño de la bestia, mientras Ariadna, pesca peces de azul en las aguas mezcladas con mercurio. También, en este plano de negruras amorfas y cárdenos perfiles, hay algún prado donde crece la hierba y todavía trinan ruiseñores. Pero yo, no tengo la certeza de quién soy; Ángel o Demonio. Diluido en esta pestilencia de las miasmas humanas, no atino a comprender; quizá podría ser un cuenco de amargura, o espectro con pezuñas y sandalias, o un sapo desollado, sobre el pútro y nauseabundo suelo de Manhattan. 12 del 12 de 2003 su 12 del 12 de 2003


                                 “Baudelaire y sus flores”

                     Las tinieblas ciegan, confunden con su
                     negra luz, a todos los que pretenden
                     indagar en los profundos abismos
                     donde la vida oculta sus misterios.
                     Tristeza y locura se confunden y
                     persiguen como una maldición a estos
                     arqueólogos, que arañan con sus picos
                     el anverso sutil de la materia.
                     Baudelaire, los arrastra a su pozo
                     de angustias y les hiere las entrañas
                     con sus versos  garfios; naturalezas
                     muertas , todas, en los soles de antaño.
                     Yo voy y vengo por esta irrealidad de
                     desafíos, donde el cuerpo se muere
                     a cada instante, entre una muchedumbre
                     de esqueletos sin nombre y sin espacio.
                     Por todo el orbe, Dédalo construye
                     laberintos de metal y cemento,
                     donde habitan Escilas y Caribdis,
                     y mugen sin cesar los Minotauros.  
                     Aquí, Centauros pisotean las mieses,
                     sin que nadie recoja las semillas.
                     Minos, llora el engaño de la bestia,
                     mientras Ariadna, pesca peces de azul
                     en las aguas mezcladas con mercurio.
                     También, en este plano de negruras
                     amorfas y cárdenos perfiles, hay
                     algún prado donde  crece la hierba
                     y todavía trinan ruiseñores.
                     Pero yo, no tengo la certeza de 
                     quién soy; Ángel o Demonio. Diluido
                     en esta pestilencia de las miasmas
                     humanas, no atino a comprender; quizá
                     podría ser un cuenco de amargura,
                     o espectro con pezuñas y sandalias,
                     o un sapo desollado, sobre el pútro
                     y nauseabundo suelo de Manhattan.

                                                                           12 del 12 de 2003

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